domingo, 5 de febrero de 2012

Deconstruyendo un Best-Seller: La caída de los gigantes.

Rara vez suelo leer Best Sellers. Quien me conoce sabe que no son libros que atraigan mi atención y rara vez pierdo mi tiempo con ellos (aparte su precio desorbitado). Tengo una lista por devorar que figura bastante arriba en mis preferencias. Pero mi mujer se empeñó en leerlo y un buen día lo compramos. Hasta aquí todo normal. Dado el nivel de tribulación mental que llevo últimamente y el bloque lector al que estaba sometido, decidí, sin que sirva de precedente, desatascarme con este tocho y, por qué negarlo, si podía, pegarle algún que otro palo.

A Ken Follet, a diferencia de otros escritores que facturan libros como quien trabaja en una cadena de montaje y suelen vender humo, con relativo éxito (léase Dan Brown, Katherine Neville o Ruiz Zafón), hay que reconocerle varias virtudes; sabe construir una historia, sabe manejar sus personajes y sabe lo que está contando (sobre este punto volveré más tarde). Tirando mano de su hoja de cálculo Excel (tal y como lo reconoció en Pagina2 cuando presento Un mundo sin fin), amén de usar y (abusar) de la interrelación entre personajes, de la cual sale, más o menos, bien librado.

Le pagan por sacar un producto que sea sencillo de colocar y fácil de digerir. Y le pagan muy bien, parece que 1000 libras esterlinas por página, en definitiva un millón de libras (poco más de un millón ciento sesenta y ocho mil euros). Y puedo asegurar que será el libro más vendido-regalado estas navidades. Y supongo que leído, aunque la relación compra/lectura, no siempre es real.
Su planteamiento es más efectivo que efectista, en donde A,B,C son sus personajes en un lugar, C conecta con D que está relacionado con E,F, G, y G, al final se relaciona con A. Es una reductio ad adsurdum de cómo va la novela, pero no deja lagunas evidentes, ni incongruencias a primera vista.

El libro tiene una gran cantidad de personajes, pero a diferencia de la opinión de un crítico que leí, creo que fue en diario El País, no creo que resulten complicados de seguir y de retenerlos en su parte de la trama. No son personajes con gran complejidad psicológica, ni con grandes contradicciones que les hagan fluctuar de un lado para otro.

Pero, no hay que perder la perspectiva de libro que se tiene entre las manos, es un libro escrito con el único fin de evadirse, de muy fácil lectura,demasiado para mi gusto. Con un pero en este aspecto, ya he dicho antes que sabe lo que dice, es de origen gales y una parte fundamental de la historia nace de esa tierra y resulta obvio que se ha documentado para escribir. ¿Porqué digo pero? , bien, ya he señalado que es un producto de consumo rápido, pero hay momentos en que quien no haya leído, aunque sea brevemente, algo de lo que sucedió antes de la Primera Guerra Mundial, las convulsiones que recorrían Europa en dicho momento, los nacionalismos latentes, los movimientos sufragistas o el juego sucio de las grandes potencias, me temo que se va a perder. Igual estoy equivocado, pero aunque muchas veces pase de puntillas sobre el trasfondo histórico, esté está ahí y sin él, lo que le rodea no se entiende absolutamente nada.

Lo malo del libro, lo de siempre, uno tiene la sensación de estar leyendo la misma novela, cambia el lugar, cambian los nombres, las localizaciones, pero los tópicos no. El noble tozudo y orgulloso, celoso de sus privilegios, el personaje de clase social baja que gracias a su esfuerzo saldrá adelante, el mundo cambiante que siempre le rodea o los tintes de folletín que le da a muchas de las situaciones que plantea, en donde a veces el dramatismo que pretende provoca un poco de bochorno, por lo poco resuelta que deja la situación. Y que es una historia obvia y previsible, se sabe a ciencia cierta qué pasará al final. Aparte se hace obvio que se ha leído El final del desfile de Ford Maddox Ford (ese tema sufragista) y que ha visto Senderos de Gloria (el trato a los soldados) de Stanley Kubrick.

En definitiva, es una novela de la que no esperemos grandes alardes literarios, ni complejidades filosóficas, ni excesivos dramas morales, pero que no decepcionará a los fans de Ken Follet, en particular, ni a los aficionados a los best sellers, en general.

¿Recomendable? A pesar de habérmelo leído, admito que si no se es aficionado a este tipo de lectura o necesitas una catarsis que te permita leer un libro sin pensar demasiado, mejor que no. Ya no voy a entrar si esto es literatura o no es literatura. Particularmente, mi opinión que es igual de invalida como la de cualquiera, es que un libro debe aportarme algo, conocimientos de los que carezco, interés literario, retos… etc. Le demando algo más a un libro, aunque he de admitir que el libro lo empecé con prejuicios y lo terminé con los mismos, con lo cual probablemente no soy el más indicado para hacer propaganda (que no le hace falta) de este libro. Me temo que lo olvidaré igual de rápido que lo leí.

Pero bien mirado, al fin y a la postre, lo importante es leer y mejor este que muchos otros que no cuentan más que sandeces. Este hombre por lo menos es sincero cuando dice que es la historia de sus abuelos y padres. La próxima parte de esta trilogía parece que se desarrolla en España, habrá que ver si sabe hablar de nuestros abuelos y habrá que ver si hay que darle una oportunidad o no.

Se me olvidaba, los gigantes son las tres monarquías que desaparecieron tras la Gran Guerra, la del Kaiser, la del Zar y la del emperador austrohúngaro.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Crónica sentimental en rojo, de Francisco González Ledesma

Esta novela ya tiene algún tiempo, para ser exactos 27 años. Fue premiada en 1984 con el premio Planeta, premio por otra parte que ya sabemos que su montante económico es inversamente proporcional a la calidad que atesoran los libros premiados (hace unos años el segundo premio recayó sobre La vida en el abismo de Ferran Torrent, autor tuerto y reinante en la corte de los ciegos absolutos, con el que tengo el no gusto de compartir espacio en el pueblo dormitorio donde habito). Pero mi baja forma y, por otra parte, mi iluso deseo de reconciliarme alguna vez con estos premios, me hizo intentarlo de nuevo. Bueno, tal vez mi estado de dejadez y alicaimiento haya contribuido a no sentirme estafado de nuevo.

El pecho recién cortado de una niña, descubierto por una juez de Barcelona en su casa de la playa, un policía, Méndez, impotente, desengañado, pragmático, mordaz, caustico, fatalista, metomentodo y de vueltas de todo, una enrevesada herencia que no acaba de resolverse, un exboxeador metido a equivoco guardaespaldas, periodistas con menos escrúpulos de los que aparentan o fracasados detectives que sueñan con mujeres rollizas de una noche. Zonas del alma en las que se entremezclan la burguesía decadente y exquisita con el lumpemproletariado sacado de los agujeros más profundos de la sociedad y personajes que aparecen y desaparecen sin solución de continuidad, tragados por la noche de algodón y los cuerpos en los coches que buscan su lugar en el sol.

El mérito principal de esta novela negra, negrísima, reside en una sutil y deliciosa incorrección política, que dudo que hoy hubiera sido admitida, en esta sociedad tan pacata, correcta, aséptica, banal y carente de originalidad. Sarcástica y dura en las dosis justas para descubrir el autentico mosaico de una Barcelona todavía preolímpica, llena de tugurios infectos, bares con olor a grasa rancia, travelos que viven al borde del abismo huyendo con la todavía presente Ley de peligrosidad social, yonkis y camellos que circulan y danzan en el filo de la navaja, prostitutas que aun recuerdan a los compañeros de Durruti, nos sumerge en la “otra” Barcelona, la alejada del modernismo y el glamur, esa que de tantas veces que la has visitado consigue provocarte rechazo y atracción a partes iguales (lo cual viniendo de mí es todo un elogio; siento autentica repulsión por todos los núcleos urbanos de más de 300 almas). Una Barcelona posiblemente más real y vitalista, con ese atractivo que nos ofrece el lado oscuro de la vida, hundida en la verdadera realidad, donde Méndez, personaje que suele aparecer en casi toda la obra policiaca de Francisco González Ledesma, ilustre hijo del Poble Sec barcelonés, especie de Chester Himes a la catalana, tachado de rojo y pornográfico por la censura pre-democrática; purga sus desengaños y frustraciones, con dosis de humor y descreimiento.

Los defectos son claros, nos queda a desmano mucho de lo que cuenta, empezando por la estampa de El Molino de Barcelona que aparece en portada (hoy en día en vías de reconversión al burlesque más revival), inconexiones evidentes en la trama y perdidas del hilo conductor cuando intenta mostrarnos el pensamiento interior de los personajes. Aunque he de reconocer que no me pareció nada inferior a muchas obras de Léo Malet y aunque la sombra de Manuel Vázquez Montalbán es demasiado alargada y evidente, no me desmerece nada Méndez a Nestor Burma, Montalbano o Jaritos, tal vez porque nunca tuve especial predilección por el gastronómico Carvalho.

-¿En qué cree usted realmente Méndez? ¿En qué?
-No lo sé – dijo el viejo policía-, pero no es extraño que no lo sepa. Si usted pregunta hora a la gente de la calle en qué cree, la gente se quedará aterrada y luego le contestará cuatro vaguedades de las que a lo mejor se deduce que no cree en nada, excepto en la comida extra que se va a atizar el domingo. Yo creo en cuatro cosas malolientes y angélicas: una ciudad, unas calles, una cierta cultura urbana, una cierta lógica de la noche. Por supuesto, ya sé que usted no acaba de entenderme, Clos. Hay momentos en que yo mismo no me entiendo tampoco.



O la constatación de que no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor, ni peor. Simplemente fue igual de malo que el actual.

Es curioso ver a lo que hemos tenido que llegar los abogados –dijo Sergi Llor sin contestar directamente-. A saber que la ley no existe, que es un lujo lejano situado en grandes libros que no se leen, grandes edificios que se derrumban y grandes tumbas donde ya no reza nadie. Que el ciudadano está desprotegido, que sólo tiene derechos humanos el verdugo, y quela vida es una inmensa situación de hecho para la que los abogados debemos prever otras situaciones de hecho. La gente que puede gata ya más en guardaespaldas que en consejeros legales, ésa es la realidad. Y la que no puede, gasta en navajas y a veces en clases de kung-fu, esa última delicadez de nuestra cultura. ¿Le estoy exponiendo un panorama negro? Me temo que no exagero, aunque reconozco que los abogados ya sólo servimos para la elegía.

sábado, 11 de junio de 2011

Jorge Semprún y la literatura concentracionaria

Probablemente, y por desgracia, a Jorge Semprún se le recordará más por su paso como ministro de cultura en el segundo gobierno socialista de Felipe González, que como escritor relacionado con la literatura de los campos de concentración. Aunque realmente a mi no me interesa demasiado aquella etapa, entre otras cosas andaba yo por los 17 años cuando tomó posesión de su cargo y no recuerdo muy bien aquellos convulsos tiempos. Sólo decir al respecto que fue un personaje muy incomodo dentro de aquel gobierno y que lo hizo por un compromiso de amistad personal con el entonces presidente de gobierno. También llegó a ser expulsado del PCE, no debía ser un ser humano muy fácil de conformar. Eso me gusta.

De la parte literaria, que es la que realmente me importa, hay que reseñar que desarrolló casi toda su obra en francés, por educación, exilio y necesidad, a caballo entre esos sentimientos encontrados que despierta tu país cuando has tenido que salir de él por causas políticas y que te hacen naufragar entre el dolor que provoca la ambivalencia del amor-odio por tus orígenes.
Comenzó en 1963 con El largo viaje, una descripción el camino hacia el horror del campo de concentración, pues estuvo prisionero en Buchenwald de 1943 a 1945, en donde su conocimiento en idiomas le hizo trabajar en la administración del campo, facilitándole un poco la vida en aquel infierno.
Después vendría La escritura o la vida y Viviré con su nombre, morirá con el mío, que también describen su paso por el campo de concentración de Buchenwald (situado en Weimar, irónicamente allí murieron Goethe y Schiller, vaya forma de pervertir su memoria), en donde describe el asfixiante universo de los campos de concentración, sin ahondar excesivamente en las torturas y abusos, en un ejercicio contra la amnesia y las ganas de pasar página a la que tan habitualmente estamos acostumbrados.
A propósito de esto último cabe destacar que fue uno de los primeros promotores de la recuperación de la memoria sobre el exilio republicano y el drama humano que conllevó. Con este hombre de prosa clara y concisa, se apaga una de las voces que dieron testimonio de la barbarie en primera persona, de los que quisieron contar que estuvieron allí, porque estuvieron y que no debemos olvidar lo que no queremos repetir. A vuelo de memoria ya sólo recuerdo que quedan Eli Wiesel (La Noche), Imre Kertész (Sin destino, premio Nobel de literatura en 2002), ya ambos con más de 80 años y que fueron prisioneros siendo muy jóvenes en Auschwitz y Buchenwald o Boris Pahor (Necrópolis), esloveno casi centenario.
Quizá sea tiempo de pensar que pronto no quedará nadie para recordarnos lo que se sufrió y que corremos el riesgo de sepultar en el olvido la monstruosidad de los territorios del terror absoluto y sin sentido, si es que el terror puede tener algún sentido.
En Buchenwald se arriesgaba todo en cada momento. Todo, porque no sabías nunca cuál ibaa ser no sólo el mañana sino el más allá de unas horas después…
Nunca pidió la nacionalidad francesa a pesar de vivir la mayoría de su vida allí, con lo que nunca fue candidato al Goncourt. No escribió prácticamente en castellano, con lo que nunca se le concedió el premio Cervantes. ¿Qué fue? El cineasta Costa Gavras, con el que colaboró en varias películas como guionista, como la famosa Z, reconocía su amor doble por Francia y España, lo que le impidió ser francés o español y el mismo en una entrevista se le pregunto que era, francés o español, respondió “Soy un deportado de Buchenwald

Copia del discurso leído por el escritor en Buchenwald con motivo del 65º aniversario de la liberación del campo:

lunes, 6 de junio de 2011

El sueño del celta de Mario Vargas Llosa. Como un premio puede arruinar un gran libro.

Dicho así suena fatal, lo sé. Y alguno estará tildándome de prepotente y pendenciero al atreverme a atacar a alguien con el nivel intelectual, moral (de un tiempo a esta parte) y de talento de Mario Vargas Llosa. Nada más lejos de mi intención meterme con él. Pero creo que por lo menos, puedo decir la opinión que tengo de este libro.

Hace unos meses apareció la gratísima noticia de que (¡por fin!) se le había concedido el Nobel a Mario Vargas Llosa. No me he alegrado jamás con la concesión de un premio, pero con este fue la excepción. Me pareció que se reparaba una afrenta largamente pospuesta.

Pero, y siempre tiene que haber un pero, inmediatamente Alfaguara lanzó una campaña publicitaria al amparo de este premio. ¿Casualidad? Pudiera ser, ojala, tal vez.. ¿o no?.

Bien, el libro con todos los defectos que pueda tener es mejor que el 99% de lo que se publica en España cualquier año. Y de largo. Pero cuando uno termina su lectura, le invaden varias sensaciones, algunas de ellas contradictorias.

El libro parece que este cuarteado, que la liaison entre las diferentes partes es demasiado artificial. Se nota claramente que el libro no estaba terminado en el momento en que le dieron el Nobel. Probablemente como no salía en las quinielas de ganadores, ni en las casas de apuestas británicas, nadie, ni el mismo, consideraba necesario lanzar un libro este año. Pero el Nobel es un pez demasiado gordo como para dejar escapar la ocasión. Y probablemente en una fase primitiva, casi de borrador, la editorial le apremiaría a publicarlo. Y de ahí la mayoría de sus defectos.

Como la inmensa mayoría de los de Vargas Llosa esta impecablemente escrito, con un dominio total del estilo y del idioma. Su anterior novela, la sublime Memorias de la niña mala, dejó el listado muy alto. Por eso se me hace difícil pensar con que repita el mismo concepto y la misa frase, en dos páginas consecutivas, al hacer referencia a su trato con su familia tras la muerte de su madre, siendo el protagonista todavía un niño. En un autor tan cuidadoso, la conclusión es clara. El libro no estaba terminado, todavía tenía mucho trabajo por delante para estar acabado.

Lo que me hace plantearme la paradoja que afecta a muchísimos tochos que nos intentan meter por los ojos. A estos se les suele atribuir la frase de “le sobran muchas páginas” (a algunos incluso todas). Pues a este, todo lo contario, tiene poco más de 450 páginas y creo que le faltan por lo menos otras tantas. Y estoy convencido de que hubiera pasado de un buen libro, recomendable y poco más, a ser una sensacional, magnifica y no sé si imprescindible novela. Lamentablemente nunca podré saciar esta duda.

Pero la emasculación que ha sufrido por culpa de las prisas editoriales, ha provocado que la novela no llegue al nivel de exigencia que se le puede (y debe) pedir a un escritor como Mario Vargas Llosa, pues la dimensión del personaje que nos presente se diluye ante el corte sufrido, la historia de Roger Casement, uno de los primeros europeos que denunció los horrores del colonialismo en el Congo Belga del infame ley Leopoldo o los estragos que supuso la recolección del caucho en la Amazonia sudamericana y cuyas denuncias conmocionaron a la sociedad de su época, que acabó sus día ahorcado por traidor a Gran Bretaña al aliarse con el nacionalismo irlandés. La peripecia vital que nos describe se queda corta, concisa, los espacios comunes del autor, la Amazonia peruana, se trastoca con las sensaciones que ha tenido en el Congo, si exceptuamos los hombres, parece que este hablando de un mismo lugar y no de dos continentes diferentes. Cosa que se le podría perdonar, pues peruano de nacimiento, no va a poder resistirse a la tentación de presentarnos un poco más extensamente las villanías de Julio Cesar Arana y sus caucheros. Aunque si uno ha leído Manaos de Alberto Vázquez Figueroa, sabrá de que se está hablando. O la cantidad de información embutida que nos da del movimiento de liberación irlandés, acumulando datos y nombres que se hacen difícil de asimilar y que si no eres un experto en historia irlandesa se hace muy difícil seguir y comprender.

Otro pero es el personaje principal, lo rodea de un aura de dignidad, que a veces se hace artificiosa, se nota que le tiene un simpatía tremenda, sus devaneos y debilidades son perdonados o minorizados y eso que es un personaje que lo podría haber bordado, si no fuera por lo que ya he dicho hasta la saciedad, que es una novela que no está terminada.La parte que envuelve a la polémica de sus supuestos cuadernos también aparece difusa, en medio de una bruma que no deja ver si es sueño o realidad, aunque tal vez, la historia a sido injusta con Roger Casement.

Un merecidísimo premio, que si se hubiera retrasado, nos habría dejado una gran novela. Pero, las leyes de la mercadotécnica han dictado sentencia y, desgraciadamente, ni siquiera un escritor como Vargas Llosa es libre y ajeno a los dictados del carácter mercantil de la mayoría de las editoriales.

Aun así, reitero que es mucho mejor que casi todo lo que se suele escribir y que quizá la edad me haya hecho un gruñón y mi nivel de exigencia como lector empiecen a ser un poquito exageradas y sin fundamento. ¿El final de una era como lector compulsivo? Tal vez.

jueves, 19 de mayo de 2011

Némesis de Philip Roth (¿el próximo premio nobel?)

He de confesar que esta obra la intenté leer en inglés, pero fracasé estrepitosamente, dado mi exiguo conocimiento de la lengua de la pérfida Albión. Pero casi mejor leerla traducida.

En el calor sofocante de la Newark ecuatorial, como nos cuenta al principio de la novela, comienza una espantosa epidemia de polio que causa estragos en el estado de Nueva Jersey. Bucky Cantor, encargado de las actividades al aire libre de los alumnos de una escuela y frustrado por no haber podido ir a la guerra por culpa de su vista, experimentará las emociones dolorosos y las inquietudes de la terrible enfermedad, entonces (año 1944) todavía terrible y de difícil cura. A lo largo de la obra vivirá el amor, la pena, el castigo, la negación, el sacrificio. Hasta aquí todo el argumento. Se hace muy difícil continuar hablando del argumento sin desvelar nada que no deba ser dicho. Pues incluso el propio J.M. Coetzee afirma que no es posible profundizar en esta novela sin desvelar el giro que dará a Cantor, un héroe a la griega, de tragedia, que será su propia Némesis. Y creyendo all bueno de John Maxwell, que es de los que más sabe en este oficio y de los que menos se prodiga en elogios, habrá que hacerle caso.

Volvemos, una vez más (y van...), a la ciudad de Newark (de donde es el propio Philip Roth), al muy judío barrio de Weequahic, referente atávico de sus novelas. Trasunto de un shtetl judío-oriental trasplantado a los Estados Unidos. Descendiente de judíos galitzianos emigrados, se muestra siempre en sus novelas como una continuación de la excelente tradición literaria de la Galitzia austro-húngara, plagada de referencias judeoamericanas, sin renegar de sus orígenes, pero siendo un enfant terrible para sus correligionarios, por su tratamiento brutal y descreído de la religión, de prosa sobria, abigarrada y de grandísima calidad, no exenta de ironía y gotas de un humor, negro, negrísimo. No deja, como vulgarmente se dice, títere con cabeza, sobre todo de la forma que suele describir el sexo, crudamente y sin concesiones, plenamente sicalíptico en toda su obra. Y la verdad es que la literatura lo agradece. Quedan pocos escritores de raza por este lado de la galaxia. Por eso el subtitulo del post.

Lleva muchos años en las quinielas de los posible ganadores del Nobel, y al igual que se ha hecho esta última vez con Mario Vargas Llosa, la academia sueca le debe una a este americano impasible, que despotrica de su país con ánimo de controversia, y despierta, muchas veces, más recelo que admiración. Pero pocos como él saben escudriñar al ser humano en sus miserias, pecados, deseos y esclavitudes, lacerando con fuerza las emociones.

Quizá esta obra no sea la mejor que ha escrito, que este alejada de la doblez caustica que imprime a sus personajes y que no llegue al mejor Roth de la inquietante distopía Conjura contra America, de la lubrica y desordenada El teatro de Sabbath, la delirante El mal de Portnoy, la muy laureada Pastoral Americana con la serie de su alter ego Nathan Zuckerman, pero nos trae a un Philip Milton Roth crepuscular y que se sabe cercano al fin de su etapa literaria, pero que nos deja personajes que todavía nos pueden fascinar y temas que despierten nuestro lado oscuro de la locura. Aunque muchas veces al cerrar sus libros, estemos seguros de que algo se nos ha escapado y eso nos cree inquietud.

Como curiosidad, de la peligrosísima ciudad de Newark, también es hijo un ilustre menor, pero que tiene muchos lectores a este lado del Atlantico, Paul Auster.



domingo, 8 de mayo de 2011

Los lobos de Hans Hellmut Kirst

Esta es una de las muchas novelas que pasaban delante de mí cuando voy a la librería y nunca acababa de decidirme a comprarla. Y hasta que no me he decidido, no me he percatado de mi error.

El planteamiento de la novela es sencillo, en Maulen, un pueblo de Masuria, en lo que fue la Prusia Oriental alemana, un lugar que parece engañosamente alejado del paso del tiempo, comienza una lucha soterrada entre el granjero Alfons Materna, que acaba de perder a su hijo, muerto en una extrañas circunstancias, mientras se realizaban una maniobras clandestinas de las SA, contra todo aquello que le desagrada y especialmente sobre el nazismo que hacia asomarse peligrosamente al abismo a la Alemania de 1932.

Con unos pocos aliados y armado de paciencia, tozudez, una actitud a caballo entre Maquiavelo y un Oskar Matzerath, sin tambor y nada complaciente, se dedicará en los 12 años siguientes a una resistencia nada pasiva ante el auge y caída del nazismo. En sus tretas y artimañas contará con la colaboración de dos jóvenes del pueblo apodados “hijos de Satán”, no resulta muy difícil imaginar el por qué, su fiel Jablonski o incluso la delirante asociación con el sátiro y divertidísimo Barón von der Block.

El personaje central, Alfons, se nos antojará simpático e inconsciente a la vez, no duda en sacrificar lo que sea para alcanzar su fin, que en un principio parece sacado de una simple venganza para convertirse en algo más noble, la certeza de que su conciencia le dice que debe actuar contra lo que no cree bien. En el microcosmos que se nos presenta al lado de los brumosos y fríos parajes de los famosos lagos masurianos, nos deja discernir las miserias espirituales que anegaron al pueblo alemán y le precipitaron al desastre, las corruptelas y venganzas enmascaradas en patrioterismo rancio, amor por la raza y cantinelas estúpidas que a veces tenemos todavía que escuchar, de entre hombres glotones, borrachos y mediocres, que se creyeron que iban a cambiar la faz de la tierra (¡y vaya si lo hicieron!). Frente a todo esto, se alza Alfons, un personaje de una pieza, de los que ya no hay y decía mi abuelo “hombre que se viste por los pies”, que goza y se relaciona con su entorno natural, no desea explotarlo, sólo vivir en paz con él y ver caer a los miserables que le rodean.

El dinamismo y la agilidad están presentes en esta obra que a pesar de rozar las 600 páginas, en absoluto se hace larga o pesada. No se extiende innecesariamente, ni alarde de florituras prolijas y superfluas. Sin hacer menoscabo a momentos de delicioso humor, en donde desenmascara la estupidez del alma humana, su aspecto borreguil y acomodadizo, no obstante, se disfracen de lobos, que como bien dice Materna, “a los lobos en Masuria se molestan se les mata”. Y, aunque a veces los saltos temporales se nos hagan extraños y echemos de menos algunos personajes que voluntaria o involuntariamente van dejando la escena. Junto a la escasez de descripciones, que nos dejan a nuestro gusto, la apariencia final de los personajes. Intuyo que no quiere que nos distraigamos de lo que realmente importa. Pero poco se puede decir en contra de la novela, salvo que al final lamentaremos que termine, que todo finalice y caiga pasto de la oscuridad de la historia, poniendo final a la casi milenaria presencia alemana en Prusia Oriental y teniendo la creencia que si hubiera habido muchos como Alfons Materna, la historia posiblemente hubiera sido otra muy diferente, pero tal vez eso pertenezca al territorio de la imaginación. Recomendable para leer y no olvidar.

-Yo supongo que lo que se ha querido decir es <>, <<Afuera con los polacos>> significaría que hemos de irnos con ellos.

-Eso es buscar tres pies al gato – dijo Eichler con voz ahogada.

-Es una norma básica de la lengua alemana – dijo Materna amable e impertérrito.

-Bien, bien – dijo Eichler.

Tenía calor. Tomó de nuevo el vaso, pero ya lo había vaciado antes. Y para asombro creciente de todos, prosiguió Materna, en tono casi de preocupación, diciendo:

-Si hablamos alemán, hagámoslo correctamente. Si no, pueden producirse malentendidos con demasiada facilidad. Por ejemplo, el color del uniforme del Movimiento. Se llama color caqui. Y hay quien piensa que es lo mismo que color caca..

El autor Hans Hellmut Kirst (1914-1989), originario de Prusia Oriental, es autor de muchas obras satiricas y de suspense que le hicieron muy popular en los sesenta y setenta. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, se centró en retratar la corrupción de la vida militar alemana bajo el nazismo a través de la saga del soldado Asch, conjunto de cuatro novelas (La original rebelión del cabo Asch, El sargento Asch va a la guerra, La última rebelión del teniente Asch y Qué fue del soldado Asch). En Alemania fue adaptada para el cine y un serial televisivo. Después se centra en las novelas de detectives para seguir retratando el mundo de la guerra y la posguerra en Alemania. Otras obras, La noche de los generales o Die letzte karte spielt der Tod, una biografía novelada del espía soviético Richard Sorge.

lunes, 2 de mayo de 2011

El infierno de los jemeres rojos de Denise Affonço

Otra vuelta de tuerca a la maldad humana. Esta vez el testimonio nos viene desde el sudeste asiático, desde Camboya o como fue conocida en el tiempo que nos narra la autora la Kampuchea democrática. Lo de democrática fue todo un chiste de mal gusto.

Denise Affonço, de padre francés y madre vietnamita, trabajaba en la embajada francesa de Phnom Penh, cuando los jemeres rojos tomaron el poder en abril de 1975. Ella y toda su familia fueron deportados al campo, como la mayoría de los habitantes de las ciudades.

El nuevo régimen totalitario creó un estado comunista de corte agrícola en la que se obligó a la mayor parte de la población a trabajar la tierra en condiciones de esclavitud y cercanas a lo infrahumano.

El libro es duro, mucho, desgarrador, terrible y en ocasiones me han dado ganas de no continuar leyendo. Lo cual viniendo de alguien que se dedica a leer todo lo que encuentra de literatura concentracionaria puede parecer paradójico. Por lo menos tengo la certeza de que aun hay cosas que pueden removerme el estomago.

La obra escrita sencilla y sobriamente, no deja lugar para florituras ni esperanzas. Lo narra tal y como lo vivió. Áspero, inclemente, despiadado. Esperanzada y miedosa a la vez con la llegada de los jemeres rojos, es obligada a partir junto con su marido, sus dos hijos y la familia de su cuñada a un exilio al campo, en donde el trasunto del gran hermano, Angkar (el comité central del partido comunista camboyano), velará por ellos y les proporcionará una mejor vida.

Nada más lejos de la realidad. Su marido, de origen chino, que los recibió con alborozo, pues era de convicciones comunistas y creía que un mundo mejor y más justo se abría ante ellos. Seguramente asesinado, desapareció, por sospecho de burgués y colaborador con el enemigo.

Pero no fue esta su única desgracia. Trasladada en condiciones inhumanas de un lugar a otro; en un párrafo que bien podría haber sido escrito por una víctima del holocausto nazi, nos cuenta:



El viaje parecía eterno, la noche tardó mucho en llegar, los niños estaban muertos de cansancio, pero, presas del hambre, no podían dormir y se pusieron a lloriquear. Circulábamos sin saber nuestro destino final y nuestros verdugos no se tomaban la menor molestia de averiguar si teníamos necesidad de comer o beber.




O como empiezan a ser obligados a imposiciones absurdas, no se puede hablar otra lengua que el jemer, nada de lenguas extranjeras (símbolo de imperialismo), no se deben llevar gafas (intelectual) o no se podían cruzar las piernas o demostrar sentimientos, pues eran demostraciones de aburguesamiento y contrarias al pueblo y al partido. Todo esto podía ser motivo de ejecución inmediata.

Lo de no demostrar sentimientos me llevo a recordar una película de Jean-Luc Goddar, Lemmy contra Alphaville, en la que eran ejecutados en una piscina aquellos que habían osado llorar por la pérdida de un ser querido. Terrible.

También verá como su hija muere entres sus brazos de inanición, a la hora siguiente la de su sobrina. Se verá obligada a malvivir trabajando de sol a sol en los campos de arroz, mendigando las más veces comida, llegando a alimentarse de lo que podía llevarse a la boca

Cuando no quedaron peces ni espinacas acuáticas, llegó el turno de las cucarachas. Pululaban por las chozas y de noche, después del trabajo, las cazábamos en las grietas de la pared. Al final, aquella especie también empezó a escasear…

Aprendió que la dignidad y la solidaridad eran mitos que no se podía permitir nadie en aquellas circunstancias. Fue, incluso, obligada a cavar su propia fosa, junto con muchos otros, con la excusa de construir una fosa para almacenar agua. Al final fue enviada a trabajar en una presa, llamada la presa de las viudas, pues la mayoría eran viudas de asesinados en el genocidio camboyano. El título original del libro es La digue des veuves - rescapée de l’enfer des Khmers rouges (La presa de las viudas - sobreviviente del infierno del Jemer Rojo), de donde fue rescatada por el ejército vietnamita, al cual no deja de manifestar su agradecimiento, en 1979, con su hijo de 15 años como única familia. Y tras muchas peripecias pudo ir a Francia, donde reside actualmente.

Este libro fue fruto de los cuadernos que escribió en 1979, poco después de ser liberada, mientras preparaba su testimonio en el proceso contra el genocida Pol Pot, principal líder de los jemeres rojos, que ocasionaron la muerte de la cuarta parte de la población de Camboya, unos dos millones de habitantes. Desgraciadamente Pol Pot no fue nunca apresado.

Uno de los pocos testimonios sobre el terrible régimen que asoló Camboya desde 1975 a 1979. Que nos deja algunas tristes reflexiones de su autora, que no se explica cómo pudieron mantener oculto a los ojos del mundo exterior aquello, llevando al paroxismo lo de “Si nadie habla, nadie recuerda”, como afirmaba en una entrevista al diario El País no hace muchos meses, donde también afirmaba que los jemeres rojos fueron más listos que los nazis. Tamaña afirmación se hace difícil de entender, pero si nos damos cuenta de los miopes que somos (o queremos ser) en occidente para los genocidas y dictadores que nos han rodeado, desde Hitler a Stalin, Ceaucescu, Mao o el propio Pol Pot, no debería extrañarnos mucho.

Se hace difícil saber de dónde nace la maldad absoluta de la que los nazis fueron son maestros y otros sus discípulos aventajados.

A su llegada a Francia encontró gente que afirmaba que era mentira todo lo que había escrito, tachándola de pro-vietnamita unos y de falsaria capitalista otros. Como podemos comprobar el negacionismo no deja de ser ajeno a ningún latrocinio.

Otro libro de los que edita mi editorial fetiche, Libros del Asteroide, que bien es cierto, como bien apunta nuestro querido Jero, que se limita a editar textos que han sido éxitos en el extranjero, sin aceptar nuevas creaciones, debo agradecerles que me hay permitido descubrir libros que nunca se habían editado.