LA VOZ CRÍTICA
No tengo estudios y lo puedo demostrar
domingo, 5 de febrero de 2012
Deconstruyendo un Best-Seller: La caída de los gigantes.
miércoles, 1 de febrero de 2012
Crónica sentimental en rojo, de Francisco González Ledesma
El pecho recién cortado de una niña, descubierto por una juez de Barcelona en su casa de la playa, un policía, Méndez, impotente, desengañado, pragmático, mordaz, caustico, fatalista, metomentodo y de vueltas de todo, una enrevesada herencia que no acaba de resolverse, un exboxeador metido a equivoco guardaespaldas, periodistas con menos escrúpulos de los que aparentan o fracasados detectives que sueñan con mujeres rollizas de una noche. Zonas del alma en las que se entremezclan la burguesía decadente y exquisita con el lumpemproletariado sacado de los agujeros más profundos de la sociedad y personajes que aparecen y desaparecen sin solución de continuidad, tragados por la noche de algodón y los cuerpos en los coches que buscan su lugar en el sol.
El mérito principal de esta novela negra, negrísima, reside en una sutil y deliciosa incorrección política, que dudo que hoy hubiera sido admitida, en esta sociedad tan pacata, correcta, aséptica, banal y carente de originalidad. Sarcástica y dura en las dosis justas para descubrir el autentico mosaico de una Barcelona todavía preolímpica, llena de tugurios infectos, bares con olor a grasa rancia, travelos que viven al borde del abismo huyendo con la todavía presente Ley de peligrosidad social, yonkis y camellos que circulan y danzan en el filo de la navaja, prostitutas que aun recuerdan a los compañeros de Durruti, nos sumerge en la “otra” Barcelona, la alejada del modernismo y el glamur, esa que de tantas veces que la has visitado consigue provocarte rechazo y atracción a partes iguales (lo cual viniendo de mí es todo un elogio; siento autentica repulsión por todos los núcleos urbanos de más de 300 almas). Una Barcelona posiblemente más real y vitalista, con ese atractivo que nos ofrece el lado oscuro de la vida, hundida en la verdadera realidad, donde Méndez, personaje que suele aparecer en casi toda la obra policiaca de Francisco González Ledesma, ilustre hijo del Poble Sec barcelonés, especie de Chester Himes a la catalana, tachado de rojo y pornográfico por la censura pre-democrática; purga sus desengaños y frustraciones, con dosis de humor y descreimiento.
Los defectos son claros, nos queda a desmano mucho de lo que cuenta, empezando por la estampa de El Molino de Barcelona que aparece en portada (hoy en día en vías de reconversión al burlesque más revival), inconexiones evidentes en la trama y perdidas del hilo conductor cuando intenta mostrarnos el pensamiento interior de los personajes. Aunque he de reconocer que no me pareció nada inferior a muchas obras de Léo Malet y aunque la sombra de Manuel Vázquez Montalbán es demasiado alargada y evidente, no me desmerece nada Méndez a Nestor Burma, Montalbano o Jaritos, tal vez porque nunca tuve especial predilección por el gastronómico Carvalho.
-¿En qué cree usted realmente Méndez? ¿En qué?
-No lo sé – dijo el viejo policía-, pero no es extraño que no lo sepa. Si usted pregunta hora a la gente de la calle en qué cree, la gente se quedará aterrada y luego le contestará cuatro vaguedades de las que a lo mejor se deduce que no cree en nada, excepto en la comida extra que se va a atizar el domingo. Yo creo en cuatro cosas malolientes y angélicas: una ciudad, unas calles, una cierta cultura urbana, una cierta lógica de la noche. Por supuesto, ya sé que usted no acaba de entenderme, Clos. Hay momentos en que yo mismo no me entiendo tampoco.
O la constatación de que no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor, ni peor. Simplemente fue igual de malo que el actual.
Es curioso ver a lo que hemos tenido que llegar los abogados –dijo Sergi Llor sin contestar directamente-. A saber que la ley no existe, que es un lujo lejano situado en grandes libros que no se leen, grandes edificios que se derrumban y grandes tumbas donde ya no reza nadie. Que el ciudadano está desprotegido, que sólo tiene derechos humanos el verdugo, y quela vida es una inmensa situación de hecho para la que los abogados debemos prever otras situaciones de hecho. La gente que puede gata ya más en guardaespaldas que en consejeros legales, ésa es la realidad. Y la que no puede, gasta en navajas y a veces en clases de kung-fu, esa última delicadez de nuestra cultura. ¿Le estoy exponiendo un panorama negro? Me temo que no exagero, aunque reconozco que los abogados ya sólo servimos para la elegía.
sábado, 11 de junio de 2011
Jorge Semprún y la literatura concentracionaria
Probablemente, y por desgracia, a Jorge Semprún se le recordará más por su paso como ministro de cultura en el segundo gobierno socialista de Felipe González, que como escritor relacionado con la literatura de los campos de concentración. Aunque realmente a mi no me interesa demasiado aquella etapa, entre otras cosas andaba yo por los 17 años cuando tomó posesión de su cargo y no recuerdo muy bien aquellos convulsos tiempos. Sólo decir al respecto que fue un personaje muy incomodo dentro de aquel gobierno y que lo hizo por un compromiso de amistad personal con el entonces presidente de gobierno. También llegó a ser expulsado del PCE, no debía ser un ser humano muy fácil de conformar. Eso me gusta.
En Buchenwald se arriesgaba todo en cada momento. Todo, porque no sabías nunca cuál ibaa ser no sólo el mañana sino el más allá de unas horas después…
lunes, 6 de junio de 2011
El sueño del celta de Mario Vargas Llosa. Como un premio puede arruinar un gran libro.
Dicho así suena fatal, lo sé. Y alguno estará tildándome de prepotente y pendenciero al atreverme a atacar a alguien con el nivel intelectual, moral (de un tiempo a esta parte) y de talento de Mario Vargas Llosa. Nada más lejos de mi intención meterme con él. Pero creo que por lo menos, puedo decir la opinión que tengo de este libro.
Otro pero es el personaje principal, lo rodea de un aura de dignidad, que a veces se hace artificiosa, se nota que le tiene un simpatía tremenda, sus devaneos y debilidades son perdonados o minorizados y eso que es un personaje que lo podría haber bordado, si no fuera por lo que ya he dicho hasta la saciedad, que es una novela que no está terminada.La parte que envuelve a la polémica de sus supuestos cuadernos también aparece difusa, en medio de una bruma que no deja ver si es sueño o realidad, aunque tal vez, la historia a sido injusta con Roger Casement.
jueves, 19 de mayo de 2011
Némesis de Philip Roth (¿el próximo premio nobel?)
He de confesar que esta obra la intenté leer en inglés, pero fracasé estrepitosamente, dado mi exiguo conocimiento de la lengua de la pérfida Albión. Pero casi mejor leerla traducida.
En el calor sofocante de la Newark ecuatorial, como nos cuenta al principio de la novela, comienza una espantosa epidemia de polio que causa estragos en el estado de Nueva Jersey. Bucky Cantor, encargado de las actividades al aire libre de los alumnos de una escuela y frustrado por no haber podido ir a la guerra por culpa de su vista, experimentará las emociones dolorosos y las inquietudes de la terrible enfermedad, entonces (año 1944) todavía terrible y de difícil cura. A lo largo de la obra vivirá el amor, la pena, el castigo, la negación, el sacrificio. Hasta aquí todo el argumento. Se hace muy difícil continuar hablando del argumento sin desvelar nada que no deba ser dicho. Pues incluso el propio J.M. Coetzee afirma que no es posible profundizar en esta novela sin desvelar el giro que dará a Cantor, un héroe a la griega, de tragedia, que será su propia Némesis. Y creyendo all bueno de John Maxwell, que es de los que más sabe en este oficio y de los que menos se prodiga en elogios, habrá que hacerle caso.
Volvemos, una vez más (y van...), a la ciudad de Newark (de donde es el propio Philip Roth), al muy judío barrio de Weequahic, referente atávico de sus novelas. Trasunto de un shtetl judío-oriental trasplantado a los Estados Unidos. Descendiente de judíos galitzianos emigrados, se muestra siempre en sus novelas como una continuación de la excelente tradición literaria de la Galitzia austro-húngara, plagada de referencias judeoamericanas, sin renegar de sus orígenes, pero siendo un enfant terrible para sus correligionarios, por su tratamiento brutal y descreído de la religión, de prosa sobria, abigarrada y de grandísima calidad, no exenta de ironía y gotas de un humor, negro, negrísimo. No deja, como vulgarmente se dice, títere con cabeza, sobre todo de la forma que suele describir el sexo, crudamente y sin concesiones, plenamente sicalíptico en toda su obra. Y la verdad es que la literatura lo agradece. Quedan pocos escritores de raza por este lado de la galaxia. Por eso el subtitulo del post.
Lleva muchos años en las quinielas de los posible ganadores del Nobel, y al igual que se ha hecho esta última vez con Mario Vargas Llosa, la academia sueca le debe una a este americano impasible, que despotrica de su país con ánimo de controversia, y despierta, muchas veces, más recelo que admiración. Pero pocos como él saben escudriñar al ser humano en sus miserias, pecados, deseos y esclavitudes, lacerando con fuerza las emociones.
Quizá esta obra no sea la mejor que ha escrito, que este alejada de la doblez caustica que imprime a sus personajes y que no llegue al mejor Roth de la inquietante distopía Conjura contra America, de la lubrica y desordenada El teatro de Sabbath, la delirante El mal de Portnoy, la muy laureada Pastoral Americana con la serie de su alter ego Nathan Zuckerman, pero nos trae a un Philip Milton Roth crepuscular y que se sabe cercano al fin de su etapa literaria, pero que nos deja personajes que todavía nos pueden fascinar y temas que despierten nuestro lado oscuro de la locura. Aunque muchas veces al cerrar sus libros, estemos seguros de que algo se nos ha escapado y eso nos cree inquietud.
Como curiosidad, de la peligrosísima ciudad de Newark, también es hijo un ilustre menor, pero que tiene muchos lectores a este lado del Atlantico, Paul Auster.
domingo, 8 de mayo de 2011
Los lobos de Hans Hellmut Kirst
Esta es una de las muchas novelas que pasaban delante de mí cuando voy a la librería y nunca acababa de decidirme a comprarla. Y hasta que no me he decidido, no me he percatado de mi error.
El planteamiento de la novela es sencillo, en Maulen, un pueblo de Masuria, en lo que fue la Prusia Oriental alemana, un lugar que parece engañosamente alejado del paso del tiempo, comienza una lucha soterrada entre el granjero Alfons Materna, que acaba de perder a su hijo, muerto en una extrañas circunstancias, mientras se realizaban una maniobras clandestinas de las SA, contra todo aquello que le desagrada y especialmente sobre el nazismo que hacia asomarse peligrosamente al abismo a la Alemania de 1932.
Con unos pocos aliados y armado de paciencia, tozudez, una actitud a caballo entre Maquiavelo y un Oskar Matzerath, sin tambor y nada complaciente, se dedicará en los 12 años siguientes a una resistencia nada pasiva ante el auge y caída del nazismo. En sus tretas y artimañas contará con la colaboración de dos jóvenes del pueblo apodados “hijos de Satán”, no resulta muy difícil imaginar el por qué, su fiel Jablonski o incluso la delirante asociación con el sátiro y divertidísimo Barón von der Block.
El personaje central, Alfons, se nos antojará simpático e inconsciente a la vez, no duda en sacrificar lo que sea para alcanzar su fin, que en un principio parece sacado de una simple venganza para convertirse en algo más noble, la certeza de que su conciencia le dice que debe actuar contra lo que no cree bien. En el microcosmos que se nos presenta al lado de los brumosos y fríos parajes de los famosos lagos masurianos, nos deja discernir las miserias espirituales que anegaron al pueblo alemán y le precipitaron al desastre, las corruptelas y venganzas enmascaradas en patrioterismo rancio, amor por la raza y cantinelas estúpidas que a veces tenemos todavía que escuchar, de entre hombres glotones, borrachos y mediocres, que se creyeron que iban a cambiar la faz de la tierra (¡y vaya si lo hicieron!). Frente a todo esto, se alza Alfons, un personaje de una pieza, de los que ya no hay y decía mi abuelo “hombre que se viste por los pies”, que goza y se relaciona con su entorno natural, no desea explotarlo, sólo vivir en paz con él y ver caer a los miserables que le rodean.
El dinamismo y la agilidad están presentes en esta obra que a pesar de rozar las 600 páginas, en absoluto se hace larga o pesada. No se extiende innecesariamente, ni alarde de florituras prolijas y superfluas. Sin hacer menoscabo a momentos de delicioso humor, en donde desenmascara la estupidez del alma humana, su aspecto borreguil y acomodadizo, no obstante, se disfracen de lobos, que como bien dice Materna, “a los lobos en Masuria se molestan se les mata”. Y, aunque a veces los saltos temporales se nos hagan extraños y echemos de menos algunos personajes que voluntaria o involuntariamente van dejando la escena. Junto a la escasez de descripciones, que nos dejan a nuestro gusto, la apariencia final de los personajes. Intuyo que no quiere que nos distraigamos de lo que realmente importa. Pero poco se puede decir en contra de la novela, salvo que al final lamentaremos que termine, que todo finalice y caiga pasto de la oscuridad de la historia, poniendo final a la casi milenaria presencia alemana en Prusia Oriental y teniendo la creencia que si hubiera habido muchos como Alfons Materna, la historia posiblemente hubiera sido otra muy diferente, pero tal vez eso pertenezca al territorio de la imaginación. Recomendable para leer y no olvidar.
-Yo supongo que lo que se ha querido decir es <
>, <<Afuera con los polacos>> significaría que hemos de irnos con ellos. -Eso es buscar tres pies al gato – dijo Eichler con voz ahogada.
-Es una norma básica de la lengua alemana – dijo Materna amable e impertérrito.
-Bien, bien – dijo Eichler.
Tenía calor. Tomó de nuevo el vaso, pero ya lo había vaciado antes. Y para asombro creciente de todos, prosiguió Materna, en tono casi de preocupación, diciendo:
-Si hablamos alemán, hagámoslo correctamente. Si no, pueden producirse malentendidos con demasiada facilidad. Por ejemplo, el color del uniforme del Movimiento. Se llama color caqui. Y hay quien piensa que es lo mismo que color caca..
El autor Hans Hellmut Kirst (1914-1989), originario de Prusia Oriental, es autor de muchas obras satiricas y de suspense que le hicieron muy popular en los sesenta y setenta. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, se centró en retratar la corrupción de la vida militar alemana bajo el nazismo a través de la saga del soldado Asch, conjunto de cuatro novelas (La original rebelión del cabo Asch, El sargento Asch va a la guerra, La última rebelión del teniente Asch y Qué fue del soldado Asch). En Alemania fue adaptada para el cine y un serial televisivo. Después se centra en las novelas de detectives para seguir retratando el mundo de la guerra y la posguerra en Alemania. Otras obras, La noche de los generales o Die letzte karte spielt der Tod, una biografía novelada del espía soviético Richard Sorge.
lunes, 2 de mayo de 2011
El infierno de los jemeres rojos de Denise Affonço
Denise Affonço, de padre francés y madre vietnamita, trabajaba en la embajada francesa de Phnom Penh, cuando los jemeres rojos tomaron el poder en abril de 1975. Ella y toda su familia fueron deportados al campo, como la mayoría de los habitantes de las ciudades.
El nuevo régimen totalitario creó un estado comunista de corte agrícola en la que se obligó a la mayor parte de la población a trabajar la tierra en condiciones de esclavitud y cercanas a lo infrahumano.
El libro es duro, mucho, desgarrador, terrible y en ocasiones me han dado ganas de no continuar leyendo. Lo cual viniendo de alguien que se dedica a leer todo lo que encuentra de literatura concentracionaria puede parecer paradójico. Por lo menos tengo la certeza de que aun hay cosas que pueden removerme el estomago.
La obra escrita sencilla y sobriamente, no deja lugar para florituras ni esperanzas. Lo narra tal y como lo vivió. Áspero, inclemente, despiadado. Esperanzada y miedosa a la vez con la llegada de los jemeres rojos, es obligada a partir junto con su marido, sus dos hijos y la familia de su cuñada a un exilio al campo, en donde el trasunto del gran hermano, Angkar (el comité central del partido comunista camboyano), velará por ellos y les proporcionará una mejor vida.
Nada más lejos de la realidad. Su marido, de origen chino, que los recibió con alborozo, pues era de convicciones comunistas y creía que un mundo mejor y más justo se abría ante ellos. Seguramente asesinado, desapareció, por sospecho de burgués y colaborador con el enemigo.
Pero no fue esta su única desgracia. Trasladada en condiciones inhumanas de un lugar a otro; en un párrafo que bien podría haber sido escrito por una víctima del holocausto nazi, nos cuenta:
El viaje parecía eterno, la noche tardó mucho en llegar, los niños estaban muertos de cansancio, pero, presas del hambre, no podían dormir y se pusieron a lloriquear. Circulábamos sin saber nuestro destino final y nuestros verdugos no se tomaban la menor molestia de averiguar si teníamos necesidad de comer o beber.
O como empiezan a ser obligados a imposiciones absurdas, no se puede hablar otra lengua que el jemer, nada de lenguas extranjeras (símbolo de imperialismo), no se deben llevar gafas (intelectual) o no se podían cruzar las piernas o demostrar sentimientos, pues eran demostraciones de aburguesamiento y contrarias al pueblo y al partido. Todo esto podía ser motivo de ejecución inmediata.
Lo de no demostrar sentimientos me llevo a recordar una película de Jean-Luc Goddar, Lemmy contra Alphaville, en la que eran ejecutados en una piscina aquellos que habían osado llorar por la pérdida de un ser querido. Terrible.
También verá como su hija muere entres sus brazos de inanición, a la hora siguiente la de su sobrina. Se verá obligada a malvivir trabajando de sol a sol en los campos de arroz, mendigando las más veces comida, llegando a alimentarse de lo que podía llevarse a la boca
Cuando no quedaron peces ni espinacas acuáticas, llegó el turno de las cucarachas. Pululaban por las chozas y de noche, después del trabajo, las cazábamos en las grietas de la pared. Al final, aquella especie también empezó a escasear…
Aprendió que la dignidad y la solidaridad eran mitos que no se podía permitir nadie en aquellas circunstancias. Fue, incluso, obligada a cavar su propia fosa, junto con muchos otros, con la excusa de construir una fosa para almacenar agua. Al final fue enviada a trabajar en una presa, llamada la presa de las viudas, pues la mayoría eran viudas de asesinados en el genocidio camboyano. El título original del libro es La digue des veuves - rescapée de l’enfer des Khmers rouges (La presa de las viudas - sobreviviente del infierno del Jemer Rojo), de donde fue rescatada por el ejército vietnamita, al cual no deja de manifestar su agradecimiento, en 1979, con su hijo de 15 años como única familia. Y tras muchas peripecias pudo ir a Francia, donde reside actualmente.
Este libro fue fruto de los cuadernos que escribió en 1979, poco después de ser liberada, mientras preparaba su testimonio en el proceso contra el genocida Pol Pot, principal líder de los jemeres rojos, que ocasionaron la muerte de la cuarta parte de la población de Camboya, unos dos millones de habitantes. Desgraciadamente Pol Pot no fue nunca apresado.
Uno de los pocos testimonios sobre el terrible régimen que asoló Camboya desde 1975 a 1979. Que nos deja algunas tristes reflexiones de su autora, que no se explica cómo pudieron mantener oculto a los ojos del mundo exterior aquello, llevando al paroxismo lo de “Si nadie habla, nadie recuerda”, como afirmaba en una entrevista al diario El País no hace muchos meses, donde también afirmaba que los jemeres rojos fueron más listos que los nazis. Tamaña afirmación se hace difícil de entender, pero si nos damos cuenta de los miopes que somos (o queremos ser) en occidente para los genocidas y dictadores que nos han rodeado, desde Hitler a Stalin, Ceaucescu, Mao o el propio Pol Pot, no debería extrañarnos mucho.
Se hace difícil saber de dónde nace la maldad absoluta de la que los nazis fueron son maestros y otros sus discípulos aventajados.
A su llegada a Francia encontró gente que afirmaba que era mentira todo lo que había escrito, tachándola de pro-vietnamita unos y de falsaria capitalista otros. Como podemos comprobar el negacionismo no deja de ser ajeno a ningún latrocinio.
Otro libro de los que edita mi editorial fetiche, Libros del Asteroide, que bien es cierto, como bien apunta nuestro querido Jero, que se limita a editar textos que han sido éxitos en el extranjero, sin aceptar nuevas creaciones, debo agradecerles que me hay permitido descubrir libros que nunca se habían editado.